EL VASO DE AGUA

Desde el principio de los tiempos, la magia fue la primera religión del hombre. Sus dioses fueron los seres de la naturaleza y la relación de fuerzas naturales era lo que definía, para ellos, el destino de los hombres. Primer propósito: dominar las fuerzas naturales para mejorar la vida del ser humano.

Tierra, fuego, aire, agua, eran los cuatro elementos que movían la vida y cada uno de ellos tenía su papel bien definido en la vida del hombre. El agua, como es el origen de la vida, tuvo siempre un papel de protección al hombre.

Existen infinidad de espíritus acuáticos, desde la sirena, el tritón y las ninfas, hasta La Llorona. Era Neptuno el dios del mar, Tláloc el dios de la lluvia. Según las creencias de la magia indígena, cada fuente, río, ojo de agua y arroyo aunque esté seco, tiene como inquilino un ser protector y cuando siente amenazado el sitio, asusta y ahuyenta a los invasores; si alguien no preparado lo resiste, puede perder la vida.

Pero los espíritus protectores pueden estar hasta en un vaso de agua. Entonces, es el vaso de agua una antigua herramienta mágica para mantener limpia de malas presencias, de envidias y odios una casa.

Cuando en su casa hay malos espíritus, hay que poner un vaso de agua en el buró junto a la cabecera de su cama. Por la mañana debemos ver si amaneció con una especie de nata en la superficie; si es así, el espíritu ha sido atrapado. Lo que sigue, es tirar el agua y por la noche volver a colocar el vaso en el buró. Esta debe ser una práctica de todos los días al ir a la cama. Otra costumbre, es colocar el vaso dentro de la casa, a un lado de la puerta, para que cualquier mala vibración que entre, sea atraído y quede atrapado en el vaso de agua.

Una forma de devolver el mal o los malos propósitos, es salir al frente de la casa y sin voltear a ver, hay que tirar el agua en dos partes, tratando de formar una cruz de agua en el suelo. Con ello, el mal se volverá contra aquellos que nos lo enviaron. Acto seguido, hay que regresar al interior de la casa, sin voltear a ver la cruz que trazamos en el suelo.

Recuerdo muy bien una señora amiga mía que estaba revisando una casa que le acababan de desocupar. No se llevaba bien con la inquilina y tras muchos pleitos, por fin se la habían entregado. Revisó sanitarios, puertas y ventanas; y al salir al patio, hizo cruces con los dedos y empezó a escupir repetidamente, diciendo llena de ira:

_¡Ay, desgraciada...! ¡Ay infeliz...!

_¿Qué sucede...? –le pregunté intrigado...

_¡Me dejó una cruz de agua la desgraciada...! ¡Me dejó una cruz de agua...!

Las supersticiones de los pueblos se manifiestan a cada paso de nuestra vida; y si estas creencias no nos alcanzan, no debemos burlarnos de ellas. Sólo hemos de escuchar respetando las ideas ajenas; y tomar nota, para poder dar fe del espíritu colectivo que flota por los pueblos de Nuevo León y México entero.