EL CRIMEN DEL MARQUÉS DE AGUAYO

CON UN SALUDO A COAHUILA; CAPITAL DEL MUNDO Y SUCURSAL DEL CIELO

El crimen del Marques de Aguayo es una historia registrada en 1880 por “Jámblico”, Cronista de Coahuila, sobre hechos acaecidos a principios del Siglo XVII.

¿Cuando pasó? No lo dicen los pergaminos añejos, ni las crónicas señalan con exactitud el tiempo de este suceso. Don Francisco de Urdiñola, también conocido como Marqués de Aguayo, de estos contornos el dueño e impuesto a ver a los hombres como siervos de su voluntad; un señor de horca y cuchillo, de nobleza, privilegios, y también de corazón como sus instintos: negro..., fue el autor del oscuro crimen del que hablan crónicas muy antiguas.

Era muy alto y delgado, amarilloso, trigueño, con ojos que revelaban sus instintos fieros pues eran pequeños, hundidos; era larga su nariz, y constante traía colgado junto al chaleco, para llamar a los criados, una bocina de cuerno ¡y pobre del que no acudiera...!

Terror de estos andurriales por su crueldad y riquezas, era el marqués el espanto de los oprimidos pueblos; y su mayordomo, la hechura de su dueño. Don Baltasar era un hombre bajo y servil como un perro. Con barbas que daban a su repugnante aspecto la imagen de un mata-siete, simpatizaba con su amo por sus instintos perversos.

Ángela: Luz de aurora es la luz de sus pupilas, como el alba su frente donde la inocencia brilla. Se llama como los ángeles y como ellos, es linda. Tiene el aliento de rosas y de rosa sus mejillas. Como los ángeles, tiene la hermosura de una hada. Su senda era de rosas; ahora lo es de espinas porque llora sin consuelo como tórtola cautiva, siempre en las garras del buitre. Cuando al altar la llevaron, bien lo sabe Dios, ella amaba a don Félix, sobrino del marqués, con pasión grande, infinita, y era su único delirio el unir a él su vida. Mas, razones de alcurnia, de nobleza, de familia, obligaron a sus padres a sacrificar la hija; a dar su mano, al marqués que la pedía.

A vivir unidos siempre, la trajo en su compañía; él con su genio insufrible, ella lamentando a solas su cautividad inicua. Así pasaron los años y el cielo les mandó una hija, y así vio que sus dolores el Cielo le mitigaba. Pasaba las tardes con su arpa entonando dulces cantigas. Su hija ya va creciendo y el marqués era más amable; y si no lo amaba, ya lo apreciaba. Pero he aquí que una tarde de aquellos serenos días, llegó Don Félix a conocer esas tierras; y va a la casa de su tío, Don Francisco de Urdiñola.

Don Félix es guapo, apuesto, noble, de buena familia, elegante, y a la que adora no olvida. Viene en pos de aquella diosa que formara sus delicias. El marqués está que trina, la sospecha ya lo indigna; pero no tiene una prueba. Pensando ya en su deshonra se va a la hacienda contigua, distante como a treinta leguas.

En la hacienda de Bonanza, es de noche. En una mesa, hay dos lámparas. Entre botellas y copas, se juega trecillo y baraja. Cuando más entusiasmados se hallaban los jugadores, el marqués se para y dice:

_ Camaradas, un momento, voy afuera. Vuelvo a seguir la jugada.

Al salir al exterior, llegose a don Baltasar.

_ ¿Listo con lo dicho?

_ ¡Lo dicho, listo, señor...!

Rápidos como el rayo cabalgan las treinta leguas.

Ya llegaron... Los caballos quedan solos a la entrada. Junto con Baltasar, como pantera con ansias y con sangre en la mirada, llega al lecho donde encuentra: ¡su deshonra consumada...! Agudo puñal levanta y en el corazón lo clava de la mujer que lo ultraja y el sobrino traicionero.

Consumada la venganza, suben a sus cabalgaduras y veloces como el viento regresan a la jugada. Sigue el festejo y barullo de los alegres compinches, el festín y la algazara.

Ya todo ha terminado...

_ Mi paga... –dice el sirviente ya con aire desconfiado.

_ Firmo mis obligaciones... –contesta el molesto marqués. Pero al sentarse, mira al sirviente con puñal a sus espaldas.

_ ¡Toma tu paga truhán...! -Un disparo se ha escuchado; pero ha errado el tiro y el cómplice ha escapado a tierras de Veracruz.

Mil supuestos se formaron, mil historias muy diversas. La autoridad investiga, pero no encuentra pruebas. El supremo Oidor decide hacerle una visita y esconde a un escribano bajo el mantel de la mesa, para que atestigüe todo.

_ Vamos, señor Urdiñola... Dígame ya sin reserva, la verdad de los sucesos...

El marqués ya tomó asiento y sintió al intruso oculto. Sin dar a notar nada, lo abraza entre fuertes piernas y lo estrangula muy fuerte mientras un puñal trabaja.

_ Señor Oidor, necesita un descargo mi conciencia... De ese crimen soy autor... Una afrenta que sólo la sangre lava, ¡con sangre fue satisfecha!

_ ¡Salga, usted, el escribano...! –dijo triunfante el Oidor- ¡Pues la justicia ha triunfado...!

¡Oh, sorpresa! Al levantar el mantel mira un hombre degollado en las piernas del marqués, quien con el cuchillo al frente, se dirige a su invitado:

_ ¡Jure usted, señor Oidor, ponerle freno a su lengua, y decir que el escribano murió de una apoplejía!

El Oidor, asustado, salió sin decir palabra y el crimen de la dulce Angélica y el mozo de sus amores, quedaron impunes hasta hoy.

La historia fue verdadera. Hasta hoy, ya nadie supo el final de Don Francisco de Urdiñola, el Marqués de Aguayo; pero por la hacienda de Patos, hoy General Cepeda, lo mismo que en la mansión que ocupara en el risueño pueblo de Parras, el marqués en su caballo es fantasma en pena eterna; y por las habitaciones, se escuchan gritos y llantos que aterrorizan a diario.

Dios tenga alguna vez compasión de todas estas tristes ánimas, que murieron en tragedia, víctimas de sus pasiones...