UNA AMISTAD MAS ALLA DE LA MUERTE

En la cultura de nuestros pueblos norteños, ocupa un lugar preponderante el contar historias de hechos insólitos que van de lo inexplicable, hasta llegar al terreno de lo paranormal.
Los hombres del campo de décadas pasadas, alejados de la mancha urbana y sin acceso a la radio y televisión ni ningún servicio público o particular, hicieron de la narración de leyendas un pasatiempo vespertino y familiar teniendo como escenario el crepúsculo y las primeras estrellas de la noche.

El lugar más común en estas pláticas, es alguna construcción antigua donde por las noches se escuchan extraños ruidos, o la de algún lugar donde se ha visto una flama que crece sin moverse de su sitio, o que avanza de un lugar a otro; a veces, el tema es el de una sombra que se desliza silenciosamente entre las habitaciones de alguna casa conocida perdiéndose entre las paredes tras una rutina que se repite noche a noche, sin que alguien pueda desentrañar el misterio.

Esta historia que vamos a escuchar es una investigación del profesor Fernando Morales Zúñiga, un relato lleno de misterio que sucedió en una gran ciudad y a plena luz del día.

UNA AMISTAD MAS ALLA DE LA MUERTE.

Carlos Mata Quintero es un hombre de familia del municipio de Anáhuac, Nuevo León, quien por muchos años, se ha dedicado a la reparación de aparatos eléctricos. Su excelente buen humor, su trato amable y seriedad profesional, le han permitido conquistar la confianza de la gente que busca sus servicios, llenando de actividad su taller.

Además, Carlos Mata Quintero es un hombre admirado por el pueblo porque, a pesar de ser invidente, ha dominado la electrónica y la mecánica con gran habilidad en el oficio. Su incapacidad fue superada y es un hombre autosuficiente, pues el trabajo y el pan de cada día jamás ha faltado en su vida.

Aunque muchas refacciones para su oficio las conseguía aquí en el pueblo, seguido tenía que viajar a Nuevo Laredo, Tamaulipas, para comprar otras piezas que no encontraba en las refaccionarias del poblado.

En estos viajes a la vecina Frontera, siempre aprovechaba para llegar con su tía Antonia Mata, quien por el año de 1998 vivía en la colonia Buena Vista de aquella población. Un par de horas de plática con su querida tía paterna, saber que estaba bien y contar la última buena nueva saboreando un riquísimo café negro o un taco a la hora de comida, les permitía estrechar los lazos familiares; siempre con la presencia de Tiburcio, un gato gris pardo que consentido y manzorrón restregaba su lomo peludo en los chamorros de Carlos, demostrándole su cariño felino antes de saltar a su regazo para continuar con un incesante y placentero ronroneo.

Carlos, se recreaba haciendo uso del tacto, paseando la palma de la mano por la pelambre del gato amigo que se refocilaba y arqueaba el cuerpo gozando de las cálidas caricias del visitante.

A Carlos le gustaban aquellas muestras de afecto animal, y le correspondía abrazando al minino que era la adoración de la tía Toña y única mascota en el hogar. En las ocasiones que Carlos pasó la noche en casa de su tía, el gato Tiburcio le acompañaba subiéndose a su vientre cuando él ya estaba acostado, o se acomodaba a dormir a un lado de su almohada, como velando el sueño de su gran amigo.

Pasaron unos meses y por cuestiones de trabajo, Carlos dejó de visitar a su tía Antonia y por tanto, también de convivir con Tiburcio.

Llegando el año 2000, se hizo inevitable hacer unas compras en aquella ciudad fronteriza. Carlos pensó que sería una magnífica oportunidad para dar a sus tíos un abrazo con los buenos deseos de Año Nuevo y ver como habían pasado la Navidad y Fin de Año.

Se llegó el día del viaje y sin previo aviso, llegó a la casa de doña Toñita quien lo recibió con grandes muestras de júbilo.

Después del saludo y el intercambio de parabienes, la buena mujer le dijo:
_ Llegaste a la hora del almuerzo, hijo. En un momento más, estará la mesa servida. ¡Anda, siéntate en esta silla!
_ Gracias tía... Ahorita me acomodo...

Carlos se recostó en el sofá para escuchar un rato de música...Y como siempre, llegó Tiburcio y restregó su cuerpo en las pantorrillas de su amigo quien, en correspondencia, le acarició la cabeza deslizando su mano por todo el lomo. El gato, saltó a sus rodillas y se acomodó en su regazo, regalándole en murmullos afectuosos aquel ronroneo que ya había extrañado el visitante.

Doña Toña volvió a la cocina y, mientras daba los últimos toques a la comida, escuchaba que Carlos platicaba animadamente y jugueteaba con alguien.

La señora, intrigada sabiendo que no había nadie más en casa, preguntó:
_ ¿Pos' con quién platicas, Carlos?
_ Con Tiburcio, tía... Como siempre, está muy contento porque nos volvimos a ver.
Doña Antonia Mata no podía creer lo que había escuchado y se encaminó a donde su sobrino, para ser testigo de la veloz huida de un gato por la ventana, que sin duda, era la figura de Tiburcio.

La buena mujer se persignó y soltó el llanto explicando a Carlos lo que días antes había sucedido.
_ Hijo... Tiburcio, ya no existe...

“Hace unos días, en una de las noches más frías de este invierno, Tiburcio se metió al cofre de la troca. Se acomodó sobre el motor buscando un lugar calientito para pasar la noche; y por la mañana, tu tío prendió la máquina para irla calentando...

“¡Pobre animalito…! Mi gato pegó un chillido y saltó hacia un lado del mueble; estaba mal herido por las aspas del abanico y ya no se pudo levantar. Eran tantas sus fracturas que llamamos al veterinario para que lo durmiera para siempre, y así, dejara de sufrir...”

Carlos no supo que decir... Había tenido un encuentro con el fantasma de Tiburcio. ¡Eso era impresionante...!

Los años han pasado y el recuerdo del gato Tiburcio ha perdurado en la mente del hombre de nuestra historia. Está seguro que el afecto que por él sintió el felino, ha perdurado porque algunas noches, antes de caer en el sueño profundo, Carlos asegura ser arrullado por el ronroneo ya conocido que el gato fantasma susurra cerca de su almohada.

Cuando el afecto y la amistad son profundos y sinceros, también los animales se llevan hasta más allá de la vida el cariño que sienten por sus amos.

Y si vive usted por ese rumbo, tal vez esta noche escuche un maullido sobre el tejado de la casa de Carlos Mata, y verá la silueta de un gato pardo que recorta su figura ante la luna. Es Tiburcio, el gato fantasma, que ha seguido visitando a su amigo…

Aún después de la muerte…