LA DANZA DEL DIABLO

En el Siglo XIX, en la ciudad de Monterrey, por la antigua calle del Colegio de Niñas, hoy Abasolo, vivía una bella joven que sentía una gran alegría por la vida y los goces que nos ofrece, entre los que se destacaba, su gusto por el baile. No había fandango popular o familiar que desperdiciara, pues la música bailable de aquellos tiempos como el vals, la redova, la polka y el shotís eran su alimento del alma; y como era muy solicitada por los muchachos, difícilmente quedaba sentada mientras los músicos estuvieran en acción.

La madre de aquella joven, sufría por saber que la alegre vida de su hija, aunque sana, daba qué hablar con las vecinas; y las jóvenes, envidiosas del éxito social de la muchacha, se daban por ofendidas y escandalizadas con su sola presencia, procurando no desperdiciar ocasión para hacerle sentir su desprecio.

Solitaria, sin amigas, aquella joven era feliz porque la compañía de jóvenes bailadores jamás le faltaba, y aún con la preocupación de su madre, siguió con su vida sin oficio ni beneficio.

Una noche, anunció a su madre que asistiría a un baile más.

_ ¿Y con quién vas a ir...? –Preguntó su madre con el ceño fruncido.

_ Con cualquiera.... Con el primero que llegue a mi puerta... –Le contestó con un encogimiento de hombros y dándole la espalda.

La madre, disgustada por la respuesta entre humorística e insolente, le dijo muy enojada:

_ ¡Seguro que si el Diablo viniera a llevarte a un baile, con el Diablo irías...!

La joven sólo se rió de los enojos de su madre y se retiró a vestirse con sus mejores ropas. Minutos después, cuando terminó de arreglarse, oyó que llamaban a la puerta y le dijo a su mamá:

_ Creo que ya vienen por mí...

_ ¡Ojalá sea el Diablo...! –Contestó su madre aún enojada. -¡Sólo así aprenderás y dejarás de salir tanto por las noches!

Al abrir la puerta, un atractivo y sonriente joven todo vestido de elegantes ropajes negros, gentilmente la invitaba al baile de esa noche. Sin importarle que fuera un desconocido, y sólo encantada por la belleza del ocasional compañero de baile, la muchacha aceptó inmediatamente. En compañía de aquél apuesto pretenso, la joven se perdió aquella noche por las todavía hoy, céntricas calles del antiguo Monterrey.

Llegaron al gran patio de la casa donde se realizaba la fiesta, y la pareja era observada con envidia por las muchachas del lugar, al ver lo apuesto y rico que lucía aquel joven que danzaba gracioso y varonil en el desplazar su paso por toda la pista. Danzaron y danzaron hasta el fin del baile; y el hombre, caballerosamente, se ofreció acompañarla hasta la puerta de su hogar.

Hasta ahí, todo iba de maravillas... Tal vez, se acercaba un romance definitivo para su vida –pensaba la joven, ilusionada.

Al llegar a la puerta, el irresistible galán de ocasión, le dio un afectuoso y cálido abrazo. Tan cálido, que sintió una oleada de calor en todo su cuerpo, sintió que ardía de pasión, sintió que su pecho y su corazón se abrasaban en llamas. Y efectivamente, aquellos brazos la quemaban. La joven, de la pasión, pasó a la sorpresa y al terror profundo. Empezó a gritar de dolor y espanto... El hombre, con el rostro trasmutado a facciones horrorosas, la soltó y le propinó de arañazos en el rostro que hasta aquel día, fue bello.

La madre salió alarmada ante los gritos y lo único que encontró fue a la joven tirada, con el vestido humeante y el rostro sangrante. Un nauseabundo olor a azufre invadía el ambiente; pero del atacante de su hija, no quedaba ni huella.

Asustada y arrepentida de la vida que la había llevado a aquella experiencia, la joven con la cara surcada de profundas heridas, ingresó a un convento; pero no pudo llegar a profesar como monja, porque como secuela del tremendo espanto que sufrió, se fue consumiendo poco a poco; hasta que una mañana, amaneció muerta en su dormitorio.

El baile es la más grande afición de juventud; pero a veces, se lleva a extremos cuando alguna vez, enfrentemos una horrorosa...

¡Danza con el Diablo...!