DEBILIDAD SEXUAL

Ya vimos en esta sección de medicina tradicional cómo se puede beber alcohol succionado por el ombligo; ahora vamos a hablar de una práctica de lo más curiosa que incluso, antiguamente, ha sido recomendada por los doctores.

Cuando un hombre está débil, ha bajado de peso, está somnoliento, sin ánimos en el trabajo, luce pálido, ojeroso y se marea o se levanta sin movimientos enérgicos porque le tiemblan las piernas; no cabe duda, lo suyo es un agotamiento por abuso del sexo, cosa muy común en los recién casados, o en el adolescente que ha despertado a la relación carnal y se entrega a ella desenfrenadamente.

Los antiguos tenían varios tratamientos a base hierbas como los tés de zarzaparrilla, de salvia, de damiana, el uso de cacahuates o nueces; pero había -hay-, un muy incómodo y penoso tratamiento que se aplicaba muy en privado. Había que encerrar al enfermo en un cuarto, muy a escondidas, y aplicarle la cura bajo la mirada vigilante del doctor, de su padre, y lo más penoso: de su madre. Y aunque ahí estaba la vergüenza, al haber sido descubierto el origen de sus males, pues ni modo, había qué someterse.

El tratamiento consistía en vaciar huevos crudos hasta casi llenar un lavamanos, desnudar de la cintura hacia abajo al paciente y sentarlo con las posaderas bien puestas en el fondo de la vasija en una muy penosa versión del famoso baño de asiento. Tras un período de tiempo que podría ser de quince a treinta minutos –según la gravedad del enfermo- toda la clara y la yema que contenía el lavamanos, habrá desaparecido succionada por el recto como si fuera un gran supositorio.

Cada tres días se aplicaría el remedio éste que por penoso era detestable, odioso, vergonzoso; pero a medida que el paciente mejoraba, cada vez era menos el contenido que succionaba, hasta que llegaba el momento en que el contenido quedaba en la vasija casi completo. Señal de que ya había sanado.

Hoy es una práctica que ha caído en desuso y por tanto, es ignorada por los jóvenes de nuestros días; pero, cuidado de no llegar caer en la penosa necesidad de un día tener que aplicarse este remedio, porque otro tratamiento menos vergonzoso pero más martirizante, sería tener que aplicarse las dolorosas inyecciones de bedoyecta o de complejo B.

Usted… ¿Qué escogería?